“Mira que si te quise fue por tu pelo…”
Hace tiempo me prometí a mi misma que cuando me cortara el cabello, tenía que ser significativo.
Mi mamá me lo cortaba casi toda mi infancia. Los cortes eran más que nada despuntes y flecos, siempre manteniendo la misma altura. A mi me gustaba sentir sus manos acariciando cada hebra, acariciando mi cara. Ocasionalmente me miraba para verificar el proceso, usando sus dedos como medida. Si mucho tiempo tuve la idea de que un corte de cabello era un acto de amor, fue por ella, eso lo sé.
Después de los 12 años, cuando en una estética me cortaron el cabello hasta los hombros y me sentí tan insegura que me prometí nunca más hacerlo de nuevo, mi meta estética más clara, y probablemente la única, era dejar crecer mi cabello tanto como pudiera. Que fuera ridículamente largo. Que pudiera superar la marca de mi madre, quien en su juventud tenía el cabello tan largo que tenía dolores de cabeza frecuentes. Mi pelo tenía que ser una femenina, larga cortina oscura y espesa que me realzara como un completo misterio.
Y luego cortármelo.
Así sin más. Lo más corto posible. Ni yo misma entendía el propósito de esa meta.
Me perdono por muchos motivos. El primero era el año era 2010, y ahora me parece como si mirara el mundo antiguo. En ese entonces, mi familia formaba parte de esa constelación de familias afectadas por una crisis económica profunda, y el narcotráfico, abriéndose paso cada vez más y más en nuestro mundo como si estuviera naciendo de una madre adolorida y moribunda —probablemente el mundo antiguo. Ya sabes lo que dicen, para hacer un omelette, hay que esconder un par de cuerpos. Aunque en ese tiempo, a mis doce años, yo no me encontraba al tanto de nada de esto, este nuevo mundo daba señales muy sutiles de su existencia. Por ejemplo, que aprendí a comer más lento para sentir la comida por más tiempo en la boca, disfrutarla y sentir que había comido mucho. Luego está un corte de cabello que yo no deseaba, que era en realidad una inversión porque un cabello corto es más fácil de mantener.
Muchas modificaciones estéticas pasan más desapercibidas que un corte de cabello. Es como cortarse las venas: nadie te mira igual una vez que lo haces. En el 2010, y a los 12 años, una de las edades en que más me miraban los hombres en la calle, ese corte parecía haber desequilibrado mi cara. Yo pensaba que esa modificación me hacía ver infantil. En ese entonces, lo veía como un ritual de humillación, una iniciación a un mundo de humillaciones cada vez mayores.
Lo dejé crecer y crecer. Algunas veces, no muy afortunadas, en mi desesperación o mi tristeza, llegué a cortar trozos de él. Aleatoriamente. Desordenadamente. De una parte de mi cabeza o de otra: era lo único justo que se podía hacer. Era lo más parecido a eliminarme, o al menos, aniquilar algo de lo que yo significaba. Una panacea para la ideación autodestructiva. Aún así, mi cabello era noble y crecía saludable pese a todo el maltrato que le sometí.
Entre más largo era mi cabello, más cumplidos recibía. Los "ay, no te cortes tu pelo".
A los veinte años, aunque aún estaba presente en mi pensamiento el plan de dejar que mi cabello creciera y cortarlo de tajo, ya no era una idea tan rigurosa. Consideraba tenerlo más largo. Había oído varias veces que el cabello tiene sus propias extensiones mágicas o espirituales. Que para algunas personas, incluso surge como una especie de antena receptiva a toda clase de sensibilidades psíquicas: cortarlo sería como cortar de tajo el mucho o poco poder que tuviera. ¿Por qué me cortaría el único atributo que me da belleza? Comencé a valorarlo como si fuera un texto sagrado, la historia de mi vida cifrada en hebras endebles de células muertas. Cada centímetro narraba un poquito de mí.
Estaban los cortes aleatorios de mechones, que eran mis propios actos de desaparición.
Estaban los primeros cinco centímetros. Cuando era niña, uno de los personajes históricos a los que miraba con mayor frecuencia, era Sor Juana Inés de la Cruz. De la misma forma en que se mira a un mentor, yo leía su vida, y hurgaba en sus pensamientos. Algo que se quedó conmigo, era que cuando ella, en su gran devoción por el conocimiento: si en un plazo de tiempo no lograba retener su tema de estudio, se cortaba trozos de cabello como una forma de autocastigo, cinco o seis dedos. "No sirve de nada una cabeza adornada de cabello hermoso, si es una cabeza desnuda de ideas". A veces aún pienso en el autocastigo como un recurso de exploración mística. Supongo que son los gajes del catolicismo.
Los siguientes diez centímetros contarían más historias. Contarían de los descubrimientos que hice, de la primera vez que hice ese ejercicio de la adultez de cuestionar todo lo que conocía, y rehacer todos mis paradigmas de cero. De llamarle llorando a mi novio de ese entonces porque 'el mundo que conozco está muriendo', como una niña que tiene que renunciar a un cadáver. De creer y dejar de creer. Tener héroes y decepcionarme de ellos. De tener fé en algún revolucionario sistema de pensamiento, y orfanarme de él. Una y otra vez, creer y dejar de creer.
Algunos centímetros se llevaron una parte irremplazable de historia consigo. Es increíble la cantidad de cabello que puedes perder en una enfermedad autoinmune. Una no muy grave, pero difícil de ignorar.
Las puntas de mi cabello siempre se llevaron la peor parte. Las jalé. Las destrocé. Son lo más parecido a la vejez que poseo por el momento. Las víctimas de los odios y las pasiones que me enseñaron a respirar, así como de mi propia noción mística del autocastigo.
Era 2019 en ese entonces. Me criaba en la comodidad del romanticismo, y al mismo tiempo, en la esperanza de que algún día llegaría un mundo como el que me imaginaba. En las luchas sociales fértiles, y en un sentido de dirección que en ese entonces poseía. En un futuro, a pesar mío, planificado. Largo, hasta la cintura, contemplaba mi cabello como si fuera un logro pasivo. A veces lo peinaba, lo cepillaba y me preguntaba cómo me vería si un día me cortara el cabello, y ya no pudiera adornarlo, o esconderme detrás de él. Encontré comodidad en su longitud, en su predictibilidad. Cómo en él reposaba todo mi sentido de arraigo espiritual. Entre más largo lo dejaba crecer, se adhería más a mi identidad. A este personaje que creé, y que mucho tiempo le asumí como ‘yo’.
"Mira que si te quise, fue por tu pelo. Ahora que estás pelona, ya no te quiero". Un día Frida Kahlo se sentó en uno de sus momentos más vulnerables a hacer un autorretrato: el primero después de su divorcio. A cortarse el cabello que Diego adoraba, y dejarlo regado por el suelo como si no significara nada. Tal vez ya no significaba nada. Los mechones yacen desordenados en el piso, cubriéndolo casi por completo. Y en el centro, en una composición de imagen que pondría nervioso a John Thomas Smith y su regla de tercios, está Frida, mirando al frente. Las tijeras en la mano. Tal vez Frida tenía que cortarse el cabello.
Es 2025. Hay un comercial en la televisión donde Kristi Noem invita a los inmigrantes a autodeportarse con una aplicación 'para evitar multas y encarcelamiento'. Mis utopías parecen cada vez más infértiles. Y la crisis y el narcotráfico. Lamentables, profundamente lamentables, pero cotidianos. Mi propia identidad elegida comenzó a pesarme cada vez más.
Los últimos días han sido como si mi cabello quisiera despedirse de mí. No hay un día en que no me duela la cabeza, al grado de volverme incapaz de pensar o reaccionar con claridad. Niebla mental, si tuviera que robar un nombre de una sintomatología. Mi mamá me mira, y lo entiende. Cuando era joven, ella también tenía esos dolores de cabeza por cargar tanto peso, pero nunca le permitieron cortar ni un centímetro de cabello. Tradiciones, supongo. "Prométeme que nunca te vas a cortar tu pelo". Así que ella siguió cargando con su propio cabello otros cuantos años.
Algunas noches he tenido que despertarme intentando respirar, solo para descubrir que mi cabello está rodeando mi cuello con la fuerza de una boa constrictor. La asfixia me es extrañamente reveladora. Tal vez el autocastigo no sólo es un recurso, sino un síntoma de revelación divina después de todo
Estoy por cumplir 27 años. Es un retorno saturnino completo. Desde hace unos años he tenido la sensación de lo turbulenta que será esta vuelta al Sol. He sentido nostalgias apenas justas para una vejez. He tenido persecuciones y persecuciones del número 9. No es que no me haya pasado antes, sino que la insistencia en esta ocasión es mucho más intensa. Después de todo, voy a cumplir 27 en 2025 (y una curiosidad: de ambas cantidades, sumando sus cifras obtienes 9). El 9 de abril, mi cumpleaños, es es el nonagésimo noveno día del año. Las intuiciones nunca son avisos completos.
He tenido que desgajar pedazos de la información, parte por parte. Lo único que tengo claro, es que tengo que hacer varias cosas, y una de ellas es cortarme el cabello. Fijé una fecha, y lo quiera o no, me arrepienta o no, es inamovible.
Un día yo misma moriré, y esa fecha también será inamovible.
Y por algún motivo, estoy convencida que los 27 años me traen una suerte de muerte. No una muerte literal. Una muerte como la del décimo tercer arcano del Tarot, que exige de una transformación completa. Radical. No una epifanía tibia, sino autodestrucción: no tiene que quedar nada de tí, salvo una esperanza de resurgimiento.
Uno de tantos insomnios que tuve el año pasado, lo dediqué a investigar sobre la Muerte Mística. La Muerte del Ego. No creo que haya una tradición religiosa en la que no exista algo como la Muerte del Ego, ni siquiera la cristiana. Cuando Jesús dijo a sus discípulos "niéguese a sí mismo, tome la cruz y sígame", no hablaba de adoctrinamiento, sino de la Muerte Mística. Es negar al personaje que has construido tantos años y que en algún punto, incluso has pensado que eres tú; y así, tal vez te acerques un poco más a la iluminación. Y de la iluminación, seguirán más y más aprendizajes. 'Morir antes de morir' para renacer.
No estoy asumiendo que un corte de cabello te asegure la iluminación, sino que como seres simbólicos, necesitamos algo que nos signifique y nos recuerde las metas que perseguimos. Frida tenía que cortarse el cabello. Soledad Rosas se cortó el cabello en Italia, y sin saberlo, marcó la diferencia entre la chica de clase media que montaba a caballo en Argentina, y la mujer activista buscada como enemigo público por el Estado italiano.
Algunas páginas de moda sobre las que he vertido mi ocio mientras medito sobre esto, sugieren que probablemente Juana de Arco inventó el corte bob: cuando se cortó el cabello y escogió usar ropa de hombre para poder liderar una armada que le aseguraría la libertad al pueblo francés del yugo de Inglaterra en la fase final de la Guerra de los Cien Años. Históricamente es incorrecto atribuirle esto, porque la decisión de Juana nunca fue estética, sino de supervivencia. Ella se transformó para cumplir su misión.
Juana de Arco no inventó el bob, eso es seguro. Si acaso, lo inspiró. En 1909, un peluquero polaco conocido como Monsieur Antoine, fue quien popularizó este corte inspirándose en ella. ‘À la Jeanne d’Arc’, le llamaban. Más tarde se convirtió en el peinado flapper por excelencia, el de las mujeres que no encajaban en la definición de entonces (cuando las personas se atrevían a definir si quiera, dónde empieza y termina una mujer). Las que manejaban autos y bailaban jazz. Si las mujeres tradicionalmente expresaban su feminidad a través de una larga y romántica cabellera, las que usaban el cabello más corto eran consideradas algo así como anti-mujeres: las que habían renunciado a su más llamativo tributo de feminidad por algo parecido a la liberación.
¿Y si, tal vez, los cortes de cabello, como el bob, realmente no surgen de la estética tanto como de la necesidad?
Yo nunca he sido tan valiente como para cortar por completo una extensión de mí misma que incluso he considerado parte de mi identidad. Pero lo puedo intentar. Algún día crecerá mi cabello, y lo dejaré porque contará una historia diferente.
Hace unas horas decidí que mi mamá, en un acto de amor, me cortara el cabello. Mientras sentía las tijeras cortando la cabellera que muchos años cubrió toda mi espalda, pensé en todo esto. En la Muerte Mística. En que para mi, era un rito de paso tal vez más importante que mi propio cumpleaños. En morir antes de morir para renacer. En un sentido de misión. En que esto tenía que pasar.
Hace tiempo me prometí a mi misma que cuando me cortara el cabello, tenía que ser significativo.


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